Al amanecer del siglo XX, mientras las grandes potencias europeas se embarcan en una frenética carrera por el control del Magreb, una voz se alza en Francia contra la brutalidad de la política colonial llevada a cabo en Marruecos. Esa voz es la de Jean Jaurès. Lejos de los discursos patrióticos que justifican las intervenciones militares bajo el pretexto de la civilización y el progreso, el líder socialista denuncia, con una claridad poco común, los abusos cometidos en nombre de la República. Jean Jaurès nunca fue un defensor del colonialismo. Desde la década de 1890, manifestó su oposición a la expansión imperialista francesa, argumentando que contradecía los principios fundamentales de libertad y justicia. Para él, la colonización no era más que una extensión del capitalismo más despiadado, explotando pueblos y recursos en beneficio de una élite. En un contexto político donde la opinión pública apoyaba mayoritariamente las tesis colonialistas, su postura lo convirtió en una figura aislada. Incluso entre los socialistas había divisiones: algunos percibían en la conquista colonial una oportunidad para el desarrollo económico y el prestigio de Francia. Pero Jaurès se mantuvo firme en su rechazo. Su atención se centró entonces en Marruecos, un país independiente, pero cada vez más sometido a las ambiciones europeas. A partir de 1907, la situación empeoró: el asesinato de varios obreros franceses en Casablanca fue utilizado como pretexto para una intervención militar masiva. El ejército francés bombardeó la ciudad y luego avanzó hacia el interior bajo las órdenes del general d'Amade, convirtiendo las operaciones en expediciones punitivas contra las tribus locales. Marzo de 1908: Jaurès ante las masacres del general d'Amade El 27 de marzo de 1908, Jaurès tomó la palabra en la Cámara de Diputados. Ese día, se enfrentó a un hemiciclo hostil, entregado a la causa colonial. Su intervención fue un auténtico alegato contra la política francesa en Marruecos. Destacó las masacres perpetradas por el ejército, especialmente la de un pueblo entero aniquilado por la artillería francesa. Con su célebre elocuencia, cuestionó: «¿Con qué derecho llevamos la guerra, el hierro y el fuego al corazón mismo de Marruecos?» Se basó en testimonios contundentes. Habló de la destrucción de Casablanca, los bombardeos indiscriminados y la profanación de cementerios musulmanes, donde los huesos quedaron expuestos por las obras francesas. Insistió en que esa violencia solo alimentaba el odio y el rechazo de los marroquíes hacia Francia. Frente a él, Georges Clemenceau, entonces presidente del Consejo, defendía la intervención militar. Alejado del radicalismo anticolonial de su juventud, ahora se presentaba como el garante de los intereses franceses. En varias ocasiones, interrumpió a Jaurès, acusándolo de traicionar el honor de Francia. Pero Jaurès no se dejó intimidar. Continuó, implacable, y describió un episodio particularmente escalofriante: «Un gran pueblo nómada, una reunión de hombres, niños y mujeres… fulminado por nuestra artillería, sin que ningún ser humano escapara.» Los diputados se agitaban, algunos protestaban con vehemencia. Jaurès, sin embargo, continuaba. Comparaba las atrocidades francesas con los crímenes coloniales cometidos en otras partes del mundo. Recordaba que la misión civilizadora que esgrimían las autoridades no era más que una fachada para ocultar la violencia y la expoliación. Una lucha solitaria pero visionaria A pesar de su elocuencia y la justicia de su discurso, Jaurès no logró cambiar la política francesa en Marruecos. Las operaciones militares continuaron, preparando el terreno para el establecimiento del protectorado en 1912. No obstante, la historia le daría la razón. Marruecos, lejos de aceptar pasivamente la dominación francesa, entraría en un largo ciclo de revueltas y resistencias, de las cuales la guerra del Rif sería solo un episodio destacado. Jaurès, por su parte, pagaría su compromiso pacifista con su vida. En 1914, mientras intentaba evitar la guerra entre Francia y Alemania, fue asesinado por un nacionalista. Su sueño de una República justa y respetuosa de los pueblos se apagó con él. Hoy en día, su lucha aún resuena. Su valentía para denunciar lo inaceptable y su capacidad para ver más allá de los intereses inmediatos lo convierten en una figura intemporal. En Marruecos, donde el recuerdo de la colonización sigue vivo, su nombre merece ser redescubierto. Fue uno de los pocos, en las altas esferas del poder francés, en defender la dignidad de un pueblo que la historia intentaba someter.